Thursday, September 13, 2018

Secreto de confesión y abusos sexuales

El Tribunal Supremo del Estado de Louisiana (28 octubre 2016) ha decidido que un sacerdote que recibió en la privacidad de la confesión la confidencia de una penitente menor de edad que había sufrido abusos sexuales no puede calificarse como "denunciante obligatorio" (mandatory reporter) según la ley civil.

Para el Tribunal Supremo: "Cuando un sacerdote, rabino, o ministro debidamente ordenado ha adquirido conocimiento de abuso o negligencia de una persona durante una confesión u otra comunicación sagrada, deberá alentar a esa persona a informar, pero no deberá ser un informante obligatorio de esa confidencia recibida en confesión o comunicación sagrada".

Esta orientación tuitiva del secreto de confesión ha sido ratificada hace apenas unos días por un Tribunal de Florida (15 de junio de 2018) en un caso que enfrentaba al Padre Vicenzo Ronchi contra el Estado de Florida y Loren Tim Burton; el Tribunal entendió que obligar a un sacerdote a revelar en juicio el contenido de una confesión, como prueba adicional y corroborativa del abuso cometido por el penitente, contraviene la ley estatal que protege la libertad religiosa de los ciudadanos.

Años antes, Conan W. Hale, convicto por robo en una penitenciaría de Oregon, solicitó los servicios de un sacerdote católico. La confesión del preso fue grabada a través de sofisticados medios, y se pretendió utilizarla como medio de prueba en un posterior juicio contra Hale por homicidio. La Santa Sede presentó una protesta formal ante el Gobierno de Clinton por esta intromisión en la intimidad y en la libertad religiosa de un ciudadano. La prueba no fue aceptada por los tribunales de Estados Unidos.

En el debate sobre las Reglas de Procedimiento y Prueba del Tribunal Penal Internacional, se desestimó una propuesta encabezada por Canadá y Francia que pretendía no reconocer el derecho de los ministros de culto de abstenerse de declarar en juicio sobre cuestiones conocidas a través del secreto de confesión o de confidencias de sus fieles. De modo que el art. 73, (U. Doc. PCNICC/2000/1/Add.1 (2000)) dispone: "...la Corte Penal Internacional reconocerá el carácter privilegiado de las comunicaciones hechas en el contexto del sacramento de la confesión, cuando ella forme parte de la práctica de esa religión".

Repárese que estos ejemplos de protección de la confidencialidad del penitente se extienden, entre otros, a tres delitos detestables: abusos sexuales a menores, robo con homicidio y terrorismo. La razón probablemente estriba -aparte de consideraciones éticas- en que, en el mundo del derecho, las excepciones a reglas generales no es raro que actúen como una cuña de punta muy fina, pero de amplia base. Si aceptamos fácilmente en materias graves las excepciones, la punta filosa tiende a introducirse más y más, acabando por multiplicar lo excepcional, hasta desgarrar el tejido general de la ley. Piénsese en el caos mediático que seguiría a imponer la obligación de revelar sus fuentes a los titulares de la fiducia mediática.

La reciente aprobación de una ley (7 junio 2018) por la Asamblea Legislativa del Territorio de Canberra (Australia) que obliga a los sacerdotes a romper el secreto de confesión cuando, durante la administración del sacramento, conozcan de algún caso de abuso sexual, pone al rojo vivo los casos mencionados.

La disposición australiana contó con el apoyo de los principales partidos políticos y, en principio, entrará en vigor el 31 de marzo de 2019. La Archidiócesis de Canberra y Goulburn tendrá nueve meses para negociar con el Gobierno el funcionamiento de la nueva normativa.

El propósito de la ley, bajo el nombre de Enmienda Ombudsman 2018, es ampliar el Esquema de Conducta Denunciable (reportable behavior scheme) que rige las denuncias de abuso y mala conducta contra menores de edad, incluyendo también a organizaciones religiosas. Extiende la obligación de informar sobre abusos sexuales a menores a todas las iglesias, incluyendo el sigilo sacramental de la confesión.

El tema es de importancia capital, pues entremezcla escándalos sexuales a menores, ordenamientos confesionales, privacidad en las relaciones entre profesionales de la información y sus fuentes, secretos médicos, confidencialidad legal y un largo etcétera de un horizonte fuertemente tutelado por la protección de las fuentes.

Como una nube radiactiva se han cernido sobre la Iglesia católica los casos de abusos sexuales a menores de edad. Cuando escribo estas letras, el Papa Francisco aparece abochornado y dolido ante los casos irlandés, australiano y estadounidense, por citar los tres más señalados. La ley australiana es, en principio, comprensible, al moverse en el plano de esa ira legal razonable, sin la cual no habría tribunales de justicia ni jueces que la aplicaran.

Pero en materia jurídica, la pasión no debe oscurecer la razón, pues no hay nada más difícil que hablar desapasionadamente de la pasión. De ahí que me permita contrastar en esta materia pasión y razón legal, con el objeto de que a un crimen abominable no se superponga una dudosa solución legal.

Me van a permitir que de los escándalos enunciados me fije ahora en el caso de Pennsylvania. El informe del Gran Jurado -informe, no sentencia- cubre un periodo de unos 70 años (1950-2017) y cita los nombres de 301 sacerdotes contra los que existen "acusaciones creíbles" de abusos sexuales durante su ministerio, de los que habrían sido víctimas al menos 1.000 menores identificados. El informe, que en algún caso se remonta a la Segunda Guerra Mundial, concluye que casi todos los acusados están muertos o han sido expulsados del sacerdocio.

Por ejemplo, en la Diócesis de Harrisburg, se nombran 71 personas: 42 ya han fallecido y cuatro están desaparecidos. La mayoría de los que todavía están vivos ya no están en el ministerio. Según admitió el 14 de agosto el fiscal que preside el Gran Jurado de Pennsylvania, y fiscal general, Josh Saphiro: "En casi todos los casos de abuso infantil, los sospechosos son demasiado viejos para ser enjuiciados". Tiene razón. Pero si él lo sabía desde el comienzo, ¿por qué siguió en este callejón sin salida?

En un análisis profundo del caso Pennsylvania, Bill Donohue, sociólogo de la Universidad de Nueva York, llega a la conclusión de que la actuación de Saphiro y de su antecesora en el cargo, Kathleen Kane, fiscal general del estado de Pensilvania -que fue encontrada culpable por nueve cargos entre los que figuran perjurio, conspiración criminal, filtrar información sobre un gran jurado y luego mentir sobre ello, en un esfuerzo por desacreditar a un rival político-, fue movida por una corriente de animadversión soterrada hacia la Iglesia católica. De ahí la publicación del informe cuando Francisco acometía decididamente problemas de abusos sexuales en Irlanda.

En realidad, el caso Pennsylvania se ha diluido a partir de 2002, cuando la Santa Sede y los obispos USA impusieron enérgicas medidas disuasorias, que han sido muy eficaces. Como ha señalado el director de la Sala de Prensa vaticana en una nota, "la mayor parte del informe se refiere a abusos cometidos antes de los primeros años 2000. No habiendo encontrado apenas casos después de 2002, las conclusiones del Gran Jurado son coherentes con estudios precedentes que muestran cómo las reformas hechas por la Iglesia católica en Estados Unidos han reducido drásticamente la incidencia de los abusos cometidos por el clero".

El caso australiano comienza también a decaer en su virulencia. Una Comisión Real en Australia realizó en 2017 un sólido informe sobre el problema de abusos a menores entre todo tipo de instituciones. Según este informe, en el periodo 1950 a 2010 hubo acusaciones de abusos contra el 7% de todos los sacerdotes australianos. Si se mide por décadas, los sacerdotes diocesanos acusados fueron el 2,9% en los años 50, el 4,5% en los 60, el 4% en los 70, para caer al 0,2% en los 2000.

Esos datos no parecen justificar la drástica medida de eliminar el secreto de confesión en los supuestos de abusos sexuales a menores. Sobre todo si se piensa en lo insólito de la medida en el contexto del derecho comparado. No se olvide que en el Derecho de la Iglesia el sigilo sacramental es inviolable (canon 983, Código de Derecho Canónico). A su vez, el confesor que viola directamente el secreto de la confesión incurre en excomunión automática (c. 1388). Esta rigurosa protección del sigilo sacramental implica también la incapacidad de ser testigo en relación con lo que conoce por confesión sacramental, aunque el penitente le releve del secreto "y le pida que lo manifieste" (cánones 1548 y 1550).

Ciertamente , en la discutible medida legal australiana está en juego la primera de las libertades, que es la religiosa.

Autor: Rafael Navarro-Valls
Publicado en El Mundo.

Sunday, February 11, 2018

El Papa excomulga a un sacerdote australiano por romper el secreto de confesión

El Papa Francisco ha ordenado la excomunión de un sacerdote en Australia, tras una investigación de dos años en la que se comprobó que el religioso (procedente de Nigeria), había roto el secreto de confesión.

En 2016, la diócesis de Brisbane recibió una serie de denuncias contra el padre Ezinwanne Igbo. En una de esas quejas, se alega que cometió un delito canónico que resultó en la excomunión automática. Esto no era un delito según el Código Penal de Queensland, pero sí en el ordenamiento jurídico eclesiástico, según constata la propia diócesis.

La Santa Sede instó al arzobispado a abrir una investigación, que confirmó la veracidad de las acusaciones por unanimidad. Tras esto, el arzobispo sometió el juicio a la Santa Sede, quien solicitó que la excomunión se hiciera pública.

"Mientras la excomunión permanece vigente -añade la nota-, el P. Ezinwanne no puede ejercer ningún trabajo ministerial durante la celebración de la Misa o cualquier otro culto público". Además, no puede celebrar ni recibir los sacramentos. La excomunión permanecerá en vigor "hasta que el P. Ezinwanne busque y el Papa le conceda la remisión, que es el único que puede otorgarla".

La diócesis concluye pidiendo perdón "a todos los que han sufrido como resultado de lo sucedido", aunque no ha aclarado en qué consistía esa ruptura del secreto de confesión.

Monday, January 15, 2018

El Arzobispo de Melbourne defiende el secreto de confesión

El arzobispo de Melbourne (Australia), Mons Denis Hart, ha defendido el secreto de confesión en casos de pederastia, aunque precisa que no absolvería al agresor hasta que acudiera a las autoridades.

Mons. Hart, presidente de la Conferencia de Obispos Católicos australianos, hizo esas declaraciones tras conocer las recomendaciones de una comisión gubernamental que investigó durante cinco años la respuesta en instituciones públicas y religiosas a los abusos sexuales contra menores.

La Comisión Real ha entregado este viernes su informe final con 189 nuevas recomendaciones, que se suman a las más de 200 que hizo anteriormente sobre los casos de pederastia que se remontan hasta 1920, aunque la mayoría ocurrió a partir de 1950. La Iglesia católica, con fuerte presencia en Australia, es una de las congregaciones religiosas investigadas.

Recomendaciones inaceptables

Entre las recomendaciones está, en lo que supone una increíble intromisión en cuestiones que no atañen a una comisión de ese tipo, el instar al Vaticano a cambiar aspectos de la ley canónica para permitir que el celibato sea voluntario y que se elimine el secreto de confesión en los casos de pederastia.

Mons. Hart comentó a los periodistas que el secreto de la confesión es «inviolable» y que en el caso de estar frente al agresor, él rehusaría darle la absolución hasta que acuda a las autoridades.

El arzobispo de Melbourne reafirmó que él optaría por respetar el secreto a pesar de sentirse «en un terrible conflicto» en caso de escuchar un caso de pederastia porque de lo contrario sería excomulgado.

Mons. Hart comentó que se llevaría las recomendaciones de la comisión al Vaticano al asegurar que la Iglesia católica las ha recibido «con mucha seriedad» y admitió que la institución «le ha fallado históricamente» a los niños.

Monday, December 11, 2017

Condenado a la silla eléctrica, se bautizó y halló la paz: hasta sus víctimas lucharon para salvarlo

Billy Moore sabe perfectamente lo que es estar al borde de la muerte durante años y la fuerza sanadora del perdón. Este estadounidense fue condenado a la silla eléctrica tras asaltar una casa para robar y matar a su dueño.

Esperando una ejecución que se iba posponiendo conoció a Dios y se fue convirtiendo. Admitió su culpa y las responsabilidades y se bautizó. Pero lo que no podía imaginar es que tras escribir una carta a la familia de su víctima pidiendo perdón, ésta aceptara sus disculpas y encima luchara para pedir no sólo que no fuera ejecutado sino que fuera puesto en libertad. Moore ha estado invitado en Madrid por la Comunidad de San Egidio para hablar en contra de la pena de muerte y Alfa y Omega ha recabado su testimonio:

La historia de Billy Moore es una historia de perdón y reconciliación. Pero también de providencia. Algo así como la prueba de que de la muerte puede surgir la vida. Sí, aquí en la Tierra. Él lo experimentó así cuando, en 1974, al entrar a robar en una casa para dar de comer a su hija, asesinó a su dueño, el señor Stapleton. Y fue sentenciado a muerte tras confesar su crimen. Moriría, dictó el juez, en la silla eléctrica.

Sin embargo, las fechas se fueron posponiendo paulatinamente y durante ese tiempo, en total 17 años, su vida cambió. Primero fue la carta de una prima, que lo invitaba a aceptar a Jesús. “Pensé que cómo era posible que me hablara de Dios en esos momentos. Yo no quería saber nada. Pero habló con su pastor que, a su vez, contactó con otro en la zona de mi cárcel, y este vino a verme junto a su mujer”, narra Moore a Alfa y Omega.

"Vi el Espíritu en ellos"

Aquel encuentro fue un atisbo de lo que vendría luego. El pastor le dijo que sabía lo que había hecho, que estaba sentenciado a muerte y con una fecha de ejecución en siete días, pero que había un juez justo, Jesús, “que murió por gente como tú y, sobre todo, por los que han matado a alguien”. Billy, que no era religioso, quedó tocado: “Vi el Espíritu en ellos. Habían venido a decirme que Dios me amaba, que podía entregarle mi vida, incluso si había cometido un asesinato” Se bautizó: “Por primera vez en mi vida encontré la paz. Era extraño porque estaba a unos días de ser ejecutado”.

A partir de este momento, comenzó a estudiar la Biblia –creó un grupo en la cárcel– y a formarse en Derecho. Leyendo uno de los informes judiciales encontró los nombres de la mujer e hijas del hombre al que había asesinado y sintió la necesidad de escribirles para pedirles perdón. “No sabía si estaban enfadados o disgustados, pero quería pedirles que me perdonaran y que sentía mucho el dolor que les había causado”, reconoce. Su sorpresa fue cuando llegó la carta de la esposa, diciendo que, como cristiana que era, le perdonaba. “Les dije que lo agradecía, pero que no entendía cómo eran capaces de hacerlo, porque yo no lo haría. La mujer volvió a contestarme diciéndome que lo que ocurría es que no comprendía realmente lo que era el perdón. Así empezó el intercambio de correspondencia”.

Sus víctimas lucharon para que no fuera ejecutado

Este perdón no se quedó en la letra de esas cartas, sino que fue más allá. La propia familia de la víctima, cuando estaban en marcha los últimos trámites para paralizar la ejecución, manifestó públicamente que no solo no querían que Billy muriera, sino que recuperara la libertad. “Dijeron que ya habían tenido suficiente con perder a un miembro de su familia y no querían que les pasara con otro. Ellos no solo me perdonaron, lucharon por mi vida. Cuando cambió mi situación ya no era reo de muerte, me pidieron que fuese la mejor persona posible y que ayudara a otra gente. Y esta es parte de la misión que Dios me ha encomendado y por eso recorro Estados Unidos y todo el mundo para contar mi historia”, explica.

Moore, que atiende a Alfa y Omega en la sede de la Comunidad de San Egidio, quien le ha invitado para participar en la campaña Ciudades por la Vida, recuerda su anterior visita a España, concretamente a Vitoria, porque coincidió con el fallecimiento de la mujer de su víctima: “Me llamó mi mujer, pues la habían llamado la hijas de la señora Stapleton para comunicarles que no sabían cuánto tiempo iba a durar, que se encontraba en coma inducido".

Billy pudo dirigirse a ella por última vez: "Quiero que sepas que para mí eres como la mujer que en el Evangelio ungió los pies de Jesús con perfume mientras los discípulos decían que se estaba malgastando. Eres parte de mi historia y siempre que hablo de ella tú y tu familia sois mencionadas. Serás conocida en todo el mundo, porque no hay historia sin lo que tú y tú familia hicistéis’. Al coger el teléfono, sus hijas me dijeron que no la habían visto tan bien en semanas. Poco después falleció”.
Invitado al entierro de la viuda de su víctima en primera fila

De nuevo en casa, Moore pensó en ir al funeral, pero tenía algunos reparos porque habría allí familia lejana que no le conocía y que, probablemente, no querría verle. Pero fue. Se sentó al final del templo, donde no podría ser reconocido. Solo quería estar presente. Pero las hijas de la señora Stapleton lo vieron y le invitaron a sentarse en los bancos delanteros, con la familia.

La conclusión, sostiene Billy, es que la pena de muerte, la violencia, “no es la solución”. “No ayudamos a los presos a rehabilitarse, lo que hacemos es matarlos, constatar que ese ser humano no vale. También se utiliza como arma electoral, para conseguir votos. Y para mover dinero, porque el Estado de Georgia se gastó 1,5 millones de dólares tratando de matarme. ¿Y si ese dinero se invirtiera en los barrios pobres, en las escuelas, en niños que necesitan ayuda…?”

El futuro está, en su opinión, en los jóvenes, en ayudarles a entender que esta lucha también es suya, “incluso si son demasiado jóvenes y no votan, incluso si en su país no existe la pena de muerte”. “Tienen que tomar parte, porque la violencia y la muerte tienen distintas representaciones. Como cuando discriminamos a los inmigrantes o la forma de relacionarnos con los que no nos caen bien. A construir una cultura que respete la vida se puede empezar ahora”, concluye.

Saturday, November 11, 2017

Cuatro sacerdotes que prefirieron el martirio antes que revelar el secreto de confesión

Después de que el Arzobispo de Melbourne en Australia, monseñor Denis Hart, afirmara que prefiere ir a la cárcel antes que romper el secreto de confesión, debido una posible injerencia del Estado, recordamos a 4 sacerdotes que defendieron al extremo el sigilo sacramental.

El 14 de agosto la Royal Commission, entidad creada en Australia para investigar los casos de abusos sexuales, propuso que los sacerdotes de la Iglesia Católica rompan el secreto de confesión cuando conozcan de algún caso de abuso sexual.

No obstante, el Código de Derecho Canónico que rige a la Iglesia Católica señala que “el sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo”. Aquí los 4 sacerdotes que defendieron hasta el extremo el secreto de confesión.

1. San Juan Nepomuceno


San Juan Nepomuceno fue un ejemplo de la protección al sigilo sacramental, siendo el primer mártir que prefirió morir antes que revelar el secreto de confesión.

Nació en Checoslovaquia entre los años 1340 y 1350, en Nepomuk. Cuando fue Vicario General del Arzobispado de Praga, el santo fue confesor de Sofía de Baviera, la esposa del rey Wenceslao. El rey, que tenía ataques de cólera y de celos, ordenó al sacerdote que le revelara los pecados de su mujer. La negativa del santo enfureció a Wenceslao, que amenazó con asesinarlo si no le contaba los secretos.

Otro conflicto entre Wenceslao y Juan Nepomuceno sucedió cuando el monarca quiso apoderarse de un convento para darle sus riquezas a un pariente y el santo se lo prohibió porque esos bienes pertenecían a la Iglesia. El rey se llenó de cólera y ordenó torturar al santo, cuyo cuerpo fue arrojado al río Mondalva. Después lo vecinos recogieron el cadáver y lo sepultaron religiosamente. Era el año 1393.

2. San Mateo Correa Magallanes


San Mateo Correa Magallanes fue otro mártir del secreto de la confesión. Fue fusilado en México durante la Guerra Cristera por negarse a revelar confesiones de prisioneros rebeldes.

Nació en Tepechitlán (Zacatecas) el 22 de julio de 1866 y lo ordenaron sacerdote en 1893. Se desempeñó como capellán en diversas haciendas y parroquias. En 1927 el sacerdote fue arrestado por las fuerzas del ejército mexicano al mando del general Eulogio Ortiz. Días más tarde, el general mandó al P. Correa a confesar a un grupo de personas que iban a ser fusiladas y después le exigió que le revelara las confesiones.

Ante su rotunda negativa ordenó su ejecución. Actualmente se veneran sus restos en la Catedral de Durango. Fue beatificado el 22 de noviembre de 1992 y canonizado por Juan Pablo II el 21 de mayo del 2000.

3. P. Felipe Císcar Puig


El P. Felipe Císcar Puig fue un sacerdote valenciano también considerado mártir del sigilo sacramental, debido a que fue martirizado durante la persecución religiosa de la Guerra Civil Española (1936) tras guardar el secreto de confesión.

La Arquidiócesis de Valencia indicó que, según la documentación recogida, el P. Císcar fue conducido a la prisión de Denia, en Valencia, donde un fraile franciscano llamado Andrés Ivars pidió confesarse a fines de agosto de 1936, pues intuía que iba a ser fusilado. “Tras la confesión, intentaron arrancarle su contenido y ante su negativa a revelarlo, los milicianos le amenazaron con matarle”, ante lo que el sacerdote respondió: “Haced lo que queráis pero yo no revelaré la confesión, primero morir que eso”, según consta en la declaración de los testigos.

“Al verle tan seguro, le llevaron a un simulacro de tribunal donde se le conminó para la revelación del sigilo”, y como aun así continuó firme en su postura, afirmando que prefería morir, los milicianos le condenaron a muerte. Subidos a un coche, Felipe Císcar y Andrés Ivars fueron llevados al término de Gata de Gorgos y allí fueron fusilados a los 71 y 51 años de edad, respectivamente, el 8 de septiembre de 1936”.

Tanto Felipe Císcar como Andrés Ivars forman parte de la causa de canonización de los “Siervos de Dios Ricardo Pelufo Esteve y 43 compañeros y compañeras mártires”, en la que figuran un total de 36 religiosos franciscanos.

4. P. Fernando Olmedo Reguera

Este sacerdote de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos fue asesinado el 12 de agosto de 1936 y beatificado en Tarragona el 13 de octubre de 2013. También se le conoce como defensor del sigilo sacramental.

Nació en Santiago de Compostela el 10 de enero de 1873 y fue ordenado sacerdote el 31 de julio de 1904. Fue Definidor y Secretario Provincial hasta 1936, en que por fuerza de la persecución religiosa tuvo que abandonar el convento.

Al ser detenido fue insultado, vejado, golpeado y le exigieron revelar el secreto de confesión. Según la tradición fue fusilado por una especie de tribunal popular en torno al Cuartel de la Montaña, una edificación militar de Madrid construida durante el siglo XIX.

Sus restos se encuentran en la cripta de la iglesia de Jesús de Medinaceli (Madrid).

El padre Ubald, con el don de sanación, cura cuerpos y almas: «El secreto de la paz es el perdón»


A su padre lo mataron cuando él tenía 7 años, y su madre murió durante el genocidio que devastó Ruanda en 1994. “Vi cómo hermanos en la fe mataban a otros hermanos en la fe en mi propia parroquia. Hasta mis parroquianos me querían matar a mí”. Desde entonces, Ubald Rugirangoga predica en su país la liberación del perdón, organizando retiros con víctimas, y también con los perpetradores de la masacre que se llevó 45.000 vidas en tres días.

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo cuenta el Alfa y Omega la historia de este sacerdote que en 1991 recibió el don de intercesión por la sanación de los enfermos, con numerosas curaciones físicas y espirituales.

- Usted afirma haber recibido en 1991 el don de sanación. ¿Qué es exactamente?
- Empecé a rezar por los enfermos en 1987, a raíz de una epidemia de disentería que hubo en mi parroquia y que provocó muchos muertos. Yo tenía miedo de contagiarme y de enfermar cuando rezaba por ellos, pero pensé con mucha fuerza: “¡Tenemos que rezar!”, y al cabo de un mes de orar todos juntos en mi parroquia la enfermedad desapareció. ¿Fueron las medicinas? ¿Fue la oración? Yo solo sé que ahí nació dentro de mí el interés en rezar por los enfermos. Formé un grupo de nueve personas que empezamos a rezar cada jueves por los enfermos, con mucha fe y convicción.

En 1991 vino un nuevo don: en la acción de gracias después de una Eucaristía vi venir hacia mí la imagen de un pie izquierdo con heridas. Luego, una mano derecha, junto a una voz que me decía que alguien sufría del codo. Luego, la imagen de un trasero de alguien lleno de heridas. Y luego el vientre de una mujer embarazada, y la voz diciéndome que una mujer tenía miedo al embarazo. Por último, la voz me dijo que había alguien allí que pensaba que daba igual rezar o no rezar. Todas esas imágenes y voces vinieron a mí.

- ¿Qué significaba todo eso?
- Entonces pregunté si alguien allí sufría del pie izquierdo, y un hombre dijo: “Yo”, y le pedí: “Prueba a andar”, y entonces se levantó y dijo: “¡Ya no me duele!”. Después pregunté si alguien padecía de su codo derecho, y un hombre se levantó y dijo que se había curado de repente. Después pregunté si alguien tenía heridas en su trasero y una mujer se levantó del suelo, porque no podía sentarse, y al cabo de tres días las heridas habían desaparecido; ella no se lo creía. Luego pregunté si alguna mujer estaba embarazada y tenía algún problema; una mujer se levantó y dijo que ella había tenido dos hijos pero luego llevaba siete años sin tenerlos, porque había perdido dos hijos, y este no creía que iba a nacer vivo; yo le dije que sí iba a nacer vivo. Y así fue.

- ¿Y la persona a la que le daba igual rezar o no rezar?
- Pregunté por ella también, y se levantó una mujer. Su hijo de 5 años estaba enfermo, con una llaga en una pierna, y el médico le dijo que debía amputarla porque la herida llegaba ya al hueso. Ella quiso rezar y le pidió a su marido que la acompañara, pero él no quiso. Todo eso la deprimió y entonces ella perdió la esperanza en la curación de su hijo, pensaba que la oración no iba a solucionar nada. Pero ella vino a rezar ese día, y al cabo de tres días la herida de su hijo estaba completamente curada.

- ¿Cómo se lo tomó?
- Estaba sorprendido. Yo tengo la convicción de que todo esto viene de Jesús. Eran imágenes, voces, que de repente llegaban a mí cuando rezaba, y la gente se curaba. Todo era nuevo para mí. Decidí consultar con mi obispo, y me recordó que el libro de los Hechos cuenta que también Pedro veía imágenes que le ayudaban en su ministerio. Así que me dio la autorización para llevar a cabo este don.

- ¿Desde entonces ha sido testigo de curaciones físicas?
- Sí, muchas, incluso aquí en Madrid. En el retiro en el que acabo de participar me impresionó una doctora que padecía de un problema en su cabeza y dijo que se le había curado. En otra ocasión, en Estados Unidos, estaba yo rezando en adoración ante el Santísimo, y me vino la imagen de una chica en una silla de ruedas. Por la tarde estaba en un retiro, ¡y vi a la chica que había visto por la mañana! Recé por ella y me fui, y después invité a quien padeciera de alguna parálisis a que se levantara. Ella no se lo creyó en ese momento, pero luego, cuando ya estaba en la sacristía escuché voces fuera: la chica se había levantado de su silla de ruedas.

- Padre Ubald, también hay heridas interiores, en el espíritu…
- Toda curación física está encaminada a una curación espiritual. Cuando ves a alguien que ha recibido una curación, eso aumenta tu fe. Esas curaciones te hacen creer más. Y también hay sanaciones que pasan por el perdón, porque el odio es una herida muy grande. Pero, al perdonar, las personas se curan y recuperan la paz. Mi misión principal es llevar a la gente a Jesús, llevar a la gente a la fe, a creer en Él, a creer que después de esta vida hay otra. Él es la Verdad, Él está vivo, lo que dice es la verdad.

- ¿Por qué no hay entonces más curaciones, para que haya más gente que pueda creer?
- Es por nosotros. Si nosotros no rezamos por las curaciones, no habrá curaciones.

- Usted experimentó en su propia vida el genocidio que hubo en Ruanda. ¿Es posible sanar también esas heridas?
- Sí es posible. Yo mismo no tengo ningún odio. El hombre que mató a mi madre durante el genocidio de 1994 es ahora mi amigo; él vino un día a pedirme perdón, y yo lloré, le abracé y le dije: “En el nombre de Jesús, te perdono”. Me he hecho cargo de sus dos hijos y les he pagado los estudios. Uno de sus hijos no podía perdonar a su padre por lo que había hecho. Había matado a muchas personas, y ahora… Yo le dije: “Ven, y recemos juntos”, y le pedí que perdonase de corazón. Él lloraba cuando decía: “Perdono a mi padre…”.

- Esto debe ser difícil de entender para muchos en su país…
- Predicar el perdón me ha traído problemas, Dios mío. A veces la gente no lo entiende. Pero para mí el odio es el mal, y lo vencemos con el perdón y siendo misericordiosos. Solo así se puede parar la violencia.

Otro ejemplo: un hombre mató a otro, y el hijo de la víctima se casó con la hija del verdugo. Esa chica, cuando me escuchó predicar el perdón y dar mi testimonio, quiso hacer algo. Ella sabía que su padre había matado a un hombre y había dejado viuda a su mujer, y entonces fue a verla y acabó viviendo con ella, ayudándola en todo. El hijo de aquella viuda, que pudo escapar del genocidio, llegó un día a casa de su madre y se encontró con la hija del asesino de su padre. “¿Qué hace esa chica aquí? Su padre ha matado a papá”, dijo enfadado. Pero la madre defendió a la chica: “Es una buena chica, es amable, me cuida mucho”. Con el tiempo, él se dio cuenta de la bondad de la chica y cómo cuidaba de su madre, y acabó casándose con ella. Yo bendije su matrimonio y hoy tienen tres maravillosos hijos.

- ¿Y qué pasó con el padre de ella?
- Cuando salió de la cárcel, su hija preparó la reconciliación entre ambas familias. Recibió el perdón de la mujer y de su hijo, y él mismo decía: “Soy feliz. Yo quité la vida, y ahora mi hija me la está dando. Yo di muerte y ella da vida”. Ahora es un abuelo orgulloso de sus nietos.

- Dirige en Ruanda el centro El secreto de la paz. ¿Cuál es ese secreto?
- ¡El secreto de la paz es el perdón! Este es un centro en el que rezamos por la sanación de las personas. En mi país hay muchas heridos y lo primero que hacemos es escucharlos. Hacemos una escucha cristiana, porque muchos vienen con mucha ansiedad. La gente necesita alguien que los escuche, porque si no se vuelven locos. Pero si tienes alguien que te escucha, entonces compartes el dolor de tu corazón, curas tus heridas. Fundé una congregación llamada Misioneros de la Paz, con ramas masculina y femenina, y también con laicos, como un gran familia, y el carisma que tienen es el de la escucha: acoger y escuchar a las personas, y confortarlas.

- ¿Qué ocurre cuando uno quiere perdonar pero no puede?- Si no perdonas al alguien, entonces estarás llevando a esa persona encima, como un gran peso, toda tu vida. No perdonar es una forma de morir. Tienes que perdonar, para ser libre, para dormir bien, para no llevar ese peso siempre… Y si no puedes, al menos reza por ello, pídele a Jesús ese don, porque sin Jesús perdonar es imposible. Él lo hace.

Monday, July 17, 2017

"El perdón auténtico es imposible alcanzarlo con nuestras fuerzas... es un don que te lo da Dios", por Sor Leticia, Dominica de Lerma


Sor Leticia ha escrito un libro que se titula “Si no puedes perdonar esto es para ti” (LibrosLibres) que ya va en apenas tres meses por su tercera edición con más de 8.000 ejemplares vendidos.

- ¿Por qué escribiste este libro?
-Todo surgió a raíz de una experiencia personal: yo no era capaz de perdonar.

- ¿Una monja de clausura que no puede perdonar?
- Sí, exacto. En ese momento llevaba 16 años en el monasterio, lo había intentado todo, me había esforzado al máximo... pero había una espina que no lograba arrancar de mi corazón. Llegué a pensar que debía resignarme a llevar ese peso toda mi vida pero, en ese momento... ¡se me dio!

- ¿El qué?- ¡¡El don del perdón!! Fue cuestión de un instante. Sentí como si un rayo me atravesase, curando todas las heridas. Desde ese momento, descubrí la verdad: el perdón auténtico es un don.

- ¿A qué te refieres?- A que es imposible alcanzarlo por las propias fuerzas. Mira, yo lo explico así: Tú puedes poner todo tu empeño en perdonar a una persona. Haces todo lo posible... pero, como mucho, sólo lograrás perdonar un 70%. El otro 30%, lo profundo del corazón, es incontrolable. Es lo que reflejamos en frases como "Yo he perdonado, pero, cuando le veo se me revuelve el estómago, no puedo evitarlo".

- Entonces... ¿cómo se puede perdonar de verdad?- Ésa es la cuestión. Tú no puedes. Y, precisamente por eso, porque tú no puedes, hay Alguien que lo ha conseguido para ti. Tu impotencia está pidiendo un Salvador... y Cristo ha dado hasta la última gota de su sangre por ti. Ésa es la clave: Él quiere perdonar en ti. El perdón de corazón... es Su regalo.

- Bueno, sí, pero imagino que eso es para personas consagradas... en fin, para alguien que tenga un cierto "nivel" de vida espiritual...- ¡No, para nada! Cristo no es para unos pocos elegidos; Cristo es para los cristianos, ¡Cristo es para ti! Ése es precisamente el título del libro: Si no puedes perdonar, esto es para ti, porque Cristo te ama a ti, con tu historia, con tus circunstancias, y quiere obrar milagros en tu vida. ¡Sí, sí, en la tuya! Yo no soy muy amiga de las teorías. Jesucristo actúa en la vida real, así que eso es lo que hemos contado: siete testimonios reales de personas que han recibido el don del perdón. Por eso digo que el auténtico autor de este libro es Él, Cristo es el centro de este proyecto, de este equipo de 21 personas.

- ¿Pero no decías que eran 7 testimonios?
- Bueno, en las cosas del Señor, uno sabe dónde empieza... ¡pero no imaginas dónde acabarás!
Cuando sentimos que el Señor nos pedía comenzar este libro, me parecía una locura, pero, desde que nos embarcamos y le dijimos sí a esta nueva aventura que Él nos proponía, ¡Cristo se ha derrochado en mil bendiciones! Nuestro obispo, don Fidel, con un cariño paternal, nos ha acompañado en este proyecto y ha sido él quien ha escrito el prólogo. Por otro lado, nosotras, al ser monjas de clausura, no podíamos salir a buscar testimonios... ha sido el Señor el que los ha ido trayendo al locutorio sin nosotras buscarlos. Y nuestro sacerdote iba acompañando cada uno de nuestros pasos... Como ves, bendición tras bendición, ¡hasta nos ha regalado un CD de música!

-¿ El libro lleva un cedé?
- Sí, con siete canciones. Nosotras hemos escrito las letras y unos amigos, reteros de Toledo, han puesto la música y se han encargado de grabarlo. Es más, cuando ya estábamos a mitad del proyecto, nos regaló conocer a Jorge, un retero de Bilbao, que, unos meses antes, le había pedido al Señor poder hacer un trabajo para Él. Jorge es publicista y se ha encargado de hacer el diseño de la portada, del CD... ¡y hasta de los carteles de las presentaciones!

- ¿Presentaciones? ¿Dónde, cuándo? - Sinceramente, cuando entregué el libro al editor, para que empezaran a imprimirlo, pensé que esta aventura ya había terminado, ¡pero es evidente que no!
Muchos amigos, que nos han acompañado con su oración desde el principio, nos empezaron a pedir que organizásemos presentaciones en sus ciudades. Por ahora habrá dos presentaciones en Madrid, una en Valencia, otra en Burgos, otra en Toledo...

- ¿Y allí firmaréis los libros?- Bueno, digamos que son unas presentaciones un poco especiales. En primer lugar, nosotras somos monjas de clausura por lo que no iremos a las presentaciones; si no que, desde nuestro monasterio, oraremos por quienes participen en ellas. Y, si decimos que el verdadero autor es Cristo, la mejor presentación de este libro sólo podía ser... ¡una adoración! Ése es realmente nuestro objetivo: llevar a la gente a Cristo. Él es quien da el don del perdón, es a Él a quien queremos que miren... porque Cristo nunca defrauda. Él es quien da el perdón total. Nuestra misión es llevar a la gente a ponerse delante de Jesucristo. Lo demás lo hace Él.