Friday, March 4, 2016

¿Qué es una indulgencia?, por Félix Velasco Santandreu

La doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están ligadas a los efectos del sacramento de la penitencia:

"La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la Redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1471).

La indulgencia puede ser parcial o plenaria, según que libre en parte o en todo de la pena temporal debida por los pecados.

Nadie que gane indulgencias puede aplicarlas a otras personas que aún viven, pero las indulgencias pueden aplicarse a los difuntos a manera de sufragio.

"Puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son también miembros de la misma comunión de los santos, podemos ayudarles, entre otras formas, obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1479).

No se pueden separar las indulgencias del resto de la vida cristiana. La indulgencia no es un procedimiento fácil para que sean perdonados los pecados evitando la penitencia, sino una asistencia que presta toda la Iglesia a los fieles para su conversión, invitándoles a que realicen buenas obras y ayudándoles a expiar la pena debida por los pecados. Es conveniente recordar que el medio ordinario para que el individuo se reconcilie con Dios y con la Iglesia es la confesión individual y completa de los pecados graves, seguida de la absolución.

"Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y desatar que le fue concedido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados. Por eso la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer obras de piedad, de penitencia y de caridad" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1478).

"...Todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las creaturas que tienen necesidad de purificación, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de la que se llama la "pena temporal" del pecado. Estas dos penas no deben ser concebidas como una especie de venganza, infligida por Dios desde el exterior, sino como algo que brota de la naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede de una ferviente caridad puede llegar a la total purificación del pecado, de modo que no subsistirá ninguna pena"(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1472).

"El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del pecado. Pero las penas temporales del pecado permanecen. El cristiano debe esforzarse, soportando pacientemente los sufrimientos y las pruebas de toda clase y, llegando el día, enfrentándose serenamente con la muerte, por aceptar como una gracia estas penas temporales del pecado; debe aplicarse, tanto mediante las obras de misericordia y de caridad, como mediante la oración y las distintas prácticas de penitencia, a despojarse completamente del hombre viejo y a revestirse del hombre nuevo" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1473).

El cristiano que quiere purificarse de su pecado y santificarse con ayuda de la gracia de Dios no se encuentra solo, tiene la ventaja y la ayuda de ser miembro de la Iglesia. "La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística"(Pablo VI, const ap. Indulgentarium doctrina, nº 5). 

Thursday, March 3, 2016

Un juez acaba en Luisiana (USA) con la ley que pretendía forzar a violar el secreto de confesión

Un juez acaba con la ley que pretendía forzar a violar el secreto de confesión. La ley del estado de Luisiana (Estados Unidos) ya no podrá forzar a los sacerdotes católicos a violar el secreto de confesión incluso en el caso de abusos sexuales a menores de edad.

El juez estatal de distrito, Mike Caldwell, dispuso el pasado 26 de febrero que la ley que exige al clero informar de abusos sexuales de menores se contrapone al derecho de libertad religiosa del sacerdote en lo que respecta al secreto de confesión.

La sentencia partió de la demanda presentada en el 2008 por Rebeca Mayeux contra el P. Jeff Bayhi, de la Diócesis de Baton Rouge (Luisiana). Mayeux explicó que durante una confesión le dijo al sacerdote que un feligrés de 64 años de edad había abusado de ella.

La demanda judicial pretendía culpar al presbítero de haber sido negligente al no informar a las autoridades del abuso y que la diócesis se equivocó al no obligarlo a hacer efectiva la denuncia.

Según The Associated Press, Mayeux reclamó que el sacerdote le dijo en ese entonces «que se olvide del tema y lo deje ir».

El P. Bayhi, pastor de una parroquia cercana a Baton Rouge, dijo en la corte que si revelaba algo de la confesión sería excomulgado: «Si nosotros algunas vez quebrantamos el sacramento, se acabó todo. De ninguna manera lo haría». «Si el Sacramento de la Reconciliación no es sagrado, no volverían a confiar en nosotros jamás», agregó.

La ley de Luisiana le exige al clero reportar los abusos sexuales, pero partes de la misma garantiza una excepción cuando estas acusaciones son reveladas durante la confesión.

Lo que hizo el fallo del juez Caldwell fue anular otras partes del código estatal que contradicen esta excepción y obligan a notificar el abuso sexual «a pesar de cualquier pedido de comunicación privilegiada (la confesión)», como informó el medio New Orleans Advocate.

Al salir del tribunal el sacerdote expresó su satisfacción porque el fallo confirmó su derecho a la libertad religiosa.

Además el obispo de Baton Rouge, Mons. Robert Muench, en un comunicado expresó su compasión y ofreció su oración «no sólo para el demandante, que pudo haber sido perjudicado por las acciones de un hombre que no era un empleado de la Iglesia, sino también para todos los que han sido abusados por cualquier persona».

También manifestó su aprecio por el fallo porque «la decisión de la corte de defender el derecho al libre ejercicio de la religión en la Primera Enmienda, es esencial.

Sin embargo, esta sentencia podrá ser apelada ante la Corte Suprema de Luisiana debido a que el juez dictaminó que Mayeux puede dar fe ante un jurado de la supuesta conversación con el sacerdote en el 2008.

Esta demanda aún no ha ido a juicio y se sabe que el presunto agresor murió en 2009. Se recuerda que el caso fue a la Corte Suprema de Luisiana en 2014 pero lo devolvió a un tribunal inferior para determinar más hechos sobre el mismo.

Fuente: aciprensa

Saturday, January 23, 2016

“Et ego te absolvo”: meditación con la fórmula de Absolución, por el P. José Cristo Rey García Paredes, cmf

En la bula “Misericordiae Vultus” el Papa Francisco nos invita a celebrar el Sacramento de la Misericordia. Y ofrece también indicaciones muy precisas para que los Confesores lleguen “a serlo” de verdad según el estilo de las parábolas del Padre del Hijo Pródigo y del buen Samaritano.

Pero quizá no hemos reparado suficientemente en el valor de la fórmula sacramental que el presbítero recita y en la que él es re-ubicado en un conjunto simbólico y misterioso. El presbítero no es el dueño del Sacramento. Ha de aprender a formar parte del acontecimiento sacramental. Y quien confiesa su pecado ha de reconocer en qué misterioso espacio es acogido.

— “Ego te absolvo”

Cuando escuchamos la fórmula solemne “Ego te absolvo” (“Yo te absuelvo”), nos sentimos introducidos en un mundo misterioso, conectados con la fuerza que todo lo origina y  re-crea. Son palabras que caen sobre nosotros como un rocío, una nevada, un amanecer, un aire fresco, una serenidad gozosa. Marcan un paso, un tránsito, la superación de unos límites, la entrada en un ámbito de libertad.

Los seres humanos somos demasiado limitados, a veces enormemente miserables. Puede que no lo recoznocamos. Tal vez sea instintivo el justificarnos ante los otros y dar razón de cualquiera de nuestras acciones, por más brutal o indecente que parezca a los demás. En el fondo de nosotros, está la conciencia imperturbable, a la que ya no podemos convencer. Desde su morada interior, la conciencia nos dice la pura verdad y siembra en nosotros esa inquietud sorda que nos acompaña, hasta que escuchamos las palabras de absolución o de perdón.

Cuando  hacemos el mal no somos libres, por más que nos empeñemos en ello. El mal se apodera de nosotros y nos ata, y re-ata.

Va poco a poco tomando posesión de nuestras zonas libres y las vuelve zonas de esclavitud. ¿Soy libre cuando me siento poseído por la susceptibilidad, la envidia o el odio hacia alguien, por la gula o la lujuria, por la ira o la avaricia, por la soberbia o la pereza? Los llamados siete pecados capitales son los señores que dominan secretamente la vida de muchos humanos, mi pobre y limitada vida. Por eso, ¡qué fantástico es poder escuchar las palabras “ego te absolvo”, yo te absuelvo”, “yo te libero de tus ataduras, yo te declaro libre.

El mal que se apodera de nosotros es, otras veces, público. Pone nuestra dignidad en entredicho. Alguien ha sido testigo del mal que hemos realizado y lo ha ido publicando. Las víctimas de nuestras malas acciones han reaccionado pidiendo justicia. En la sociedad civil o política se restablece la justicia a través de procesos legales y judiciales, de los cuales podemos salir con sentencia condenatoria.

En la Iglesia la sentencia es absolutoria, aunque se establezca que hemos sido culpables. No hay mal, ni pecado, por muy horrible que sea, que no pueda obtener el perdón y la amnistía. Por eso, en la madre iglesia, en todas sus comunidades resuena el “Ego te absolvo” diariamente.

En nuestras comunidades siempre hay perdón  Jesús, nuestro Señor y Maestro, nos insistió en ello de modo muy especial. Quería que la disponibilidad para el perdón –¡setenta veces siete!, incluso- fuera  señal distintiva. Jesús no se comprometió a asistir a nuestras sentencias condenatorias, sino que apoyó sin reservas nuestras actitudes de perdón y absolución.

Cuando el perdón se debe repetir tantas veces, esto nos indica que cada encuentro sacramental nos hace avanzar en un proceso de transformación. La Iglesia ha aprendido en su experiencia de siglos, que no basta un momento de absolución para toda la vida. Y sí, que las diversas absoluciones han de acompañar nuestro camino de seguimiento de Jesús a lo largo de la vida.

— “… a peccatis tuis”: ¿No es sólo propio de Dios?

Que un presbítero o un obispo se atrevan a perdonar nuestros pecados, ¿no es una osadía excesiva? Si un juez o magistrado absolviera a un culpable, ¿no se excedería en sus competencias?

Si un ministro ordenado osara perdonar delitos graves en la sociedad, en el matrimonio, en la familia, en las relaciones humanas, en la actitud de uno consigo mismo, ¿no estaría excediéndose en sus funciones?

Si un ministro ordenado perdona las ofensas con las que un ser humano ha pretendido romper su pacto con Dios, ¿puede hacerse intérprete del Dios de la Alianza en ese momento? ¿No es una osadía excesiva?

Al mismo Jesús quisieron pararle los pies los fariseos al decirle, escandalizados, cómo se atrevía a perdonar los pecados, cuando el único que puede perdonarlos es Dios, ¡solo Dios! Y, nosotros añadiríamos, que en la sociedad, solo la autoridad suprema puede conceder perdón, amnistía e indulto.

— “Et ego te absolvo a peccatis tuis”

El ministro ordenado –presbítero u obispo- no actúa sólo. La fórmula sacramental de absolución hace que una sencilla partícula -¡pero de suma importancia!- preceda a las palabras “yo te absuelvo”. Y esa sencilla partícula es “et”, que significa “y”. El ministro ordenado -al que llamamos confesor- no actúa ni aislada ni autónomamente. Él es el último de la fila, por así decirlo, el último servidor del perdón, el último eslabón necesario. Pero ¿qué secuencia le precede?

El ministro ordenado se sabe situado en el “ministerium Ecclesiae” (el ministerio de la Iglesia). Él sabe que participa, como servidor, en el servicio que le compete a toda la Iglesia, la comunidad de todos los convocados, la Esposa de Jesús, el Cuerpo de Cristo, el pueblo de Dios, el Santuario del Espíritu. El ministro ordenado detenta la representación eclesial y actualiza en sí mismo la ministerialidad, el servicio, que le compete a toda la Iglesia.

Ese presbítero que pronuncia las palabras “ego te absolvo” y que, mientras tanto, impone las manos, es la expresión sacramental de toda la Iglesia santa. Por eso, se expresa así: “Y yo”.

Pero la Iglesia tampoco es autónoma. Ella es la comunidad reunida por la Trinidad Santa de Dios. Ella es la expresión sacramental, simbólica de nuestro Dios. Si la Iglesia se atreve a ejercer el servicio del perdón, es porque se siente respaldada, autorizada, enviada para ello, por el mismo Dios.

— “Deus, pater misericordiarum”: “Dios Padre de las Misericordias”

Es maravilloso conocer que  Dios es indulgente conmigo y me concede la paz, me restablece el equilibrio interior y me armoniza con todo el mundo, con todo el universo. Ese es el mensaje que me transmite el presbítero, el obispo, con su gesto y sus palabras de absolución. Dios Padre, el Abbá está de mi parte. El invisible se me muestra en la visibilidad del ministro ordenado y de la ministerialidad de la Iglesia, el Inaudible me habla a través de las palabras sacramentales. Dios Padre me reconoce una vez más como hijo suyo. Dios, al igual que el padre de la parábola del Hijo pródigo, repite sus gestos de acogida, perdón, inclusión en su fiesta, en mi propia persona.

Lo que Dios Padre hace conmigo, forma parte de su proyecto, su actividad permanente en la historia. Perdona porque es “Abbá”, porque actúa como “Padre”:

— “Dios no perdona con un decreto, sino con una caricia” (Papa Francisco).

A través del Sacramento del Perdón “reúne a sus hijos dispersos”, prepara la mesa de la fraternidad. Para refundar su Familia el Abbá actúa a través de “su Hijo único”, su hijo Jesús. A través de la muerte y resurrección del Hijo, reconcilió el mundo consigo y le restituyó su carácter filial. Todo el universo es filial, porque nace del Dios Padre Creador. Todo el universo es filial porque es re-creado por Dios Padre Reconciliador. Pero todo el universo, la nueva humanidad, es creada y re-generada a través de la Palabra, del Hijo único, de Jesucristo.

La acción salvadora del Abbá y del Hijo se interioriza en nosotros por obra de la santa Ruah, del Santo Espíritu. Su presencia santifica y destruye lo no santo, que en nosotros anida. El Espíritu con su viento acaba con las raíces del mal y hace posible que renazca en nosotros el hombre, la mujer que Dios soñó.

— Amen

Así concluyen las palabras sacramentales. En el Amén se descubre la verdad de toda verdad, la certeza de toda certeza, la fe de toda fe.

El Sacramento de la Reconciliación es buena noticia, la mejor noticia que uno puede escuchar. Cuando se celebra adecuadamente, se percibe cómo la Nueva Jerusalén va bajando del Cielo y nosotros vamos acercándonos a ella “absolución tras absolución”.

Friday, December 11, 2015

Papa Francisco propone estas 30 preguntas para un buen examen de conciencia

El Papa Francisco obsequió a los fieles en la Plaza de San Pedro un folleto titulado “Custodia el corazón”, que fue entregado por varios indigentes de Roma y que contiene recursos para el camino de conversión.

Entre los distintos recursos planteados por el Santo Padre está un examen de conciencia de 30 preguntas para hacer una buena confesión, así como una breve explicación sobre las razones para acudir al sacramento.

Para confesarse es necesario comenzar “por la escucha de la voz de Dios” seguido del “examen de conciencia, el arrepentimiento y el propósito de la enmienda, la invocación de la misericordia divina que se nos concede gratuitamente mediante la absolución, la confesión de los pecados al sacerdote, la satisfacción o cumplimiento de la penitencia impuesta, y finalmente, con la alabanza a Dios por medio de una vida renovada”.

— El examen de conciencia

A continuación las 30 preguntas propuestas por el Papa Francisco para hacer una buena confesión:

En relación a Dios:

¿Solo me dirijo a Dios en caso de necesidad?
¿Participo regularmente en la Misa los domingos y días de fiesta?
¿Comienzo y termino mi jornada con la oración?
¿Blasfemo en vano el nombre de Dios, de la Virgen, de los santos?
¿Me he avergonzado de manifestarme como católico?
¿Qué hago para crecer espiritualmente, cómo lo hago, cuándo lo hago?
¿Me revelo contra los designios de Dios?
¿Pretendo que Él haga mi voluntad?

En relación al prójimo:

¿Sé perdonar, tengo comprensión, ayudo a mi prójimo?
¿Juzgo sin piedad tanto de pensamiento como con palabras?
¿He calumniado, robado, despreciado a los humildes y a los indefensos?
¿Soy envidioso, colérico, o parcial?
¿Me avergüenzo de la carne de mis hermanos, me preocupo de los pobres y de los enfermos?
¿Soy honesto y justo con todos o alimento la cultura del descarte?
¿Incito a otros a hacer el mal?
¿Observo la moral conyugal y familiar enseñada por el Evangelio?
¿Cómo cumplo mi responsabilidad de la educación de mis hijos?
¿Honoro a mis padres?
¿He rechazado la vida recién concebida?
¿He colaborado a hacerlo?
¿Respeto el medio ambiente?

En relación a mí mismo:

¿Soy un poco mundano y un poco creyente?
¿Cómo, bebo, fumo o me divierto en exceso?
¿Me preocupo demasiado de mi salud física, de mis bienes?
¿Cómo utilizo mi tiempo?
¿Soy perezoso?
¿Me gusta ser servido?
¿Amo y cultivo la pureza de corazón, de pensamientos, de acciones?
¿Nutro venganzas, alimento rencores?
¿Soy misericordioso, humilde, y constructor de paz?

Tuesday, September 1, 2015

El Papa concede a los sacerdotes que absuelvan el pecado del aborto durante el Jubileo de la Misericordia (2016)

El papa Francisco quiere que el próximo Jubileo esté realmente dedicado a la Misericordia y por ello en una carta indicó hoy porqué concedió a los sacerdotes que absuelvan «el pecado de aborto» y que se conceda la indulgencia a los presos.

«Este Año jubilar de la Misericordia no excluye a nadie», así se expresó Francisco en una carta enviada al presidente del Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización, Rino Fisichella, y encargado de organizar el Año Santo extraordinario, y publicada este martes por la oficina de prensa del Vaticano.

«Por este motivo he decidido conceder a todos los sacerdotes para el Año jubilar, no obstante cualquier cuestión contraria, la facultad de absolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y arrepentidos de corazón piden por ello perdón», explicó.

Según la doctrina católica, el aborto es un pecado grave que comporta excomunión y un sacerdote sólo lo puede absolver por orden de un obispo o del pontífice.

El portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, explicó que la decisión del papa «no es una atenuación de la gravedad del pecado (del aborto)», así como «no quiere de ninguna manera minimizar la gravedad de ello».

Puntualizó además que esta decisión no es para siempre, sino únicamente durante el año jubilar, que comenzará el próximo 8 de diciembre y concluirá el 20 de noviembre de 2016.

En su misiva, Francisco introdujo el tema afirmando que «uno de los graves problemas de nuestro tiempo es, ciertamente, la modificación de la relación con la vida» y que «algunos viven el drama del aborto con una consciencia superficial, casi sin darse cuenta del gravísimo mal que comporta un acto de ese tipo».

Una elección sufrida y dolorosa

«Pero muchos otros, en cambio -explicó el papa- incluso viviendo ese momento como una derrota, consideran no tener otro camino por donde ir».

«Pienso, de forma especial, en todas las mujeres que han recurrido al aborto. Conozco bien los condicionamientos que las condujeron a esa decisión», escribió Francisco.

La carta continúa: «Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres que llevaban en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa. Lo sucedido es profundamente injusto; sin embargo, sólo el hecho de comprenderlo en su verdad puede consentir no perder la esperanza».

Francisco indica entonces a los sacerdotes que «se deben preparar para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un itinerario de conversión».

Recuerdo de los presos

El papa también recuerda que la celebración de un Jubileo siempre ha sido la ocasión de una «gran amnistía» para los presos, «que aunque mereciendo una pena, sin embargo han tomado conciencia de la injusticia cometida y desean sinceramente integrarse de nuevo en la sociedad».

Y además concede que los presos «en las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia».

«Cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa», escribió.

El organizador del Jubileo, Rino Fisichella, ha señalado que «Francisco, desde siempre, ha querido destacar que el Jubileo extraordinario podrá ser vivido en Roma, pero también en las diferentes diócesis».

Por ello, Francisco destacó que para recibir la indulgencia (el perdón de los pecados) los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa de San Pedro y de las cuatro basílicas romanas, pero también «en la catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano».

A quienes por diversos motivos se vean imposibilitados de llegar a la Puerta Santa, como enfermos y las personas ancianas y solas, «también a través de los diversos medios de comunicación».

Otra de las sorpresas de este Jubileo es que Francisco también concede que puedan dar el perdón de los pecados los sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X, los llamados lefebvrianos.

Y desea «que se puedan encontrar soluciones para recuperar la plena comunión con los sacerdotes y los superiores de la Fraternidad», que no reconoce las novedades introducidas en el Concilio Vaticano II, lo que desató en 1988 un cisma en la Iglesia católica.

Fuente: abc.es

Sunday, June 28, 2015

En Año de la Misericordia el confesionario será “la Puerta Santa del alma”


Con la Bula “Misericordiae vultus” (El Rostro de la Misericordia), el Papa Francisco convocó al Jubileo de la Misericordia (11 de abril, de 2015), al que dará inicio con la apertura de la “Puerta Santa” de Basílica de San Pedro el 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, y que concluirá el 20 de noviembre de 2016, Solemnidad de Cristo Rey del Universo.

Durante este año, los fieles atravesarán la Puerta Santa con la posibilidad de adquirir la indulgencia plenaria, sin embargo, el Regente de la Penitenciaría Apostólica, Obispo Krzysztof Nykiel, recordó que el verdadero perdón llega con la confesión.

“Durante el Jubileo extraordinario de la Misericordia, el confesionario será 'la Puerta Santa del alma'. Y la celebración del sacramento de la Reconciliación será la ocasión para un encuentro con Cristo Misericordioso”, ha explicado obispo Krzysztof Nykiel en declaraciones a Radio Vaticana.

Este Jubileo será un año propicio para redescubrir la centralidad del sacramento de la Confesión en la vida de la Iglesia. “Todo el que quiera experimentar la alegría de sentirse acogido y amado por Dios deberá, en efecto, acercarse al confesionario, porque principalmente a través de este sacramento, Dios se manifiesta al hombre como Padre que no se cansa nunca de perdonar y de salvar”.

“Todos los peregrinos que lleguen a Roma para obtener la indulgencia plenaria, deberán pasar a través de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, pero para que el fiel obtenga la absolución de los pecados y experimente la alegría del perdón de Dios, deberá pasar a través de las puertas del confesionario”.

El Prelado recuerda que el sacramento de la Confesión se convierte también en lugar donde “se aprende, se descubre y se vive sobre la propia piel la grandeza del amor de Dios que sacude nuestro corazón del peso del pecado, lo hace consciente y lo dirige cada vez más a la alegría del Evangelio”. De esta manera, explica el Obispo, el sacramento de la Reconciliación adquiere un significado de fe existencial.

Para Mons. Nykiel, el confesor tiene una gran responsabilidad pastoral: “favorecer el encuentro entre los fieles -especialmente los más alejados de la gracia de Dios-, y la misericordia de Dios. Ellos deben ser fuentes vivas de misericordia a la que todos los cristianos podrán beber, en cualquier momento, el agua del perdón y de la salvación”.

Durante el Año Santo, el Papa Francisco enviará por todo el mundo a los “misioneros de la misericordia”, sacerdotes con la autoridad para perdonar también “los pecados que están reservados a la Santa Sede”, es decir: la profanación de la Eucaristía; al absolución de un pecado del que se es cómplice; la violación del secreto de confesión; la consagración del Obispo sin autorización; y la ofensa al Pontífice.

Fuente: Aciprensa.com

Saturday, June 27, 2015

Papa Francisco enviará “Misioneros de la Misericordia” a todo el mundo en Cuaresma de 2016


En su Bula “Misericordiae vultus”, con la que convocó el Jubileo de la Misericordia (11 de abril, 2015), el Papa Francisco anunció que enviará sacerdotes “Misioneros de la Misericordia” durante la Cuaresma de 2016.

El Jubileo de la Misericordia comenzará el 8 de diciembre de este año y concluirá el 20 de noviembre de 2016.

Francisco señaló que “durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar los Misioneros de la Misericordia”. Estos sacerdotes, explicó, “serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia por el Pueblo de Dios, para que entre en profundidad en la riqueza de este misterio tan fundamental para la fe”.

El Santo Padre indicó que dará autoridad a estos sacerdotes para “perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica”.

A continuación las palabras al Papa Francisco sobre el envío de Misioneros de la Misericordia:

Durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar los Misioneros de la Misericordia. Serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia por el Pueblo de Dios, para que entre en profundidad en la riqueza de este misterio tan fundamental para la fe. Serán sacerdotes a los cuales daré la autoridad de perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica, para que se haga evidente la amplitud de su mandato. Serán, sobre todo, signo vivo de cómo el Padre acoge cuantos están en busca de su perdón. Serán misioneros de la misericordia porque serán los artífices ante todos de un encuentro cargado de humanidad, fuente de liberación, rico de responsabilidad, para superar los obstáculos y retomar la vida nueva del Bautismo.

Se dejarán conducir en su misión por las palabras del Apóstol: “Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos” (Rm 11,32). Todos entonces, sin excluir a nadie, están llamados a percibir el llamamiento a la misericordia. Los misioneros vivan esta llamada conscientes de poder fijar la mirada sobre Jesús, “sumo sacerdote misericordioso y digno de fe” (Hb 2,17).

Pido a los hermanos Obispos que inviten y acojan estos Misioneros, para que sean ante todo predicadores convincentes de la misericordia. Se organicen en las Diócesis “misiones para el pueblo” de modo que estos Misioneros sean anunciadores de la alegría del perdón. Se les pida celebrar el sacramento de la Reconciliación para los fieles, para que el tiempo de gracia donado en el Año jubilar permita a tantos hijos alejados encontrar el camino de regreso hacia la casa paterna.

Los Pastores, especialmente durante el tiempo fuerte de Cuaresma, sean solícitos en el invitar a los fieles a acercarse “al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia” (Hb 4,16).

Fuente: religionenlibertad.com